La corrupción, el otro virus

Durante los primeros años de mis estudios de Comunicación en la universidad, una de las líneas de investigación que más me interesaba era entender cómo la sobrecarga de imágenes violentas en los medios masivos provocaba la pérdida gradual de nuestra capacidad de asombro.

Las crudas noticias sobre muertes, heridos, abusos, violaciones… al ser tan recurrentes y no tener cercanía directa con nosotros, pasaban simplemente a convertirse en frías estadísticas.

La violencia empezaba a normalizarse y nosotros, de a poco, aprendíamos a vivir anestesiados frente al dolor ajeno.

En los últimos años, algo parecido ha ocurrido con la corrupción en nuestro país: es tan frecuente escuchar en los medios noticias sobre lavado de activos, coimas, robos, sobreprecios y abusos de confianza, que son pocos los eventos de este tipo los que llegan a producirnos asombro.

Durante la pandemia, la corruptela tampoco ha dado tregua. Ante la necesidad de dar una respuesta inmediata al brote del Covid-19, el Gobierno -como es lógico- tuvo que alivianar los procedimientos de compra (y por ende de supervisión y de transparencia) de los insumos médicos requeridos para atender a la primera gran ola de contagiados.

Este régimen de flexibilización ha permitido que ocurran delitos y actos inmorales en cada eslabón de la cadena de suministros. Las irregularidades se han detectado a todo nivel, desde las esferas políticas más altas hasta los procesos operativos más cotidianos.

No obstante, sea en lo mucho o en lo poco, el delito es el mismo: desviar hacia bolsillos particulares recursos públicos destinados a atender a personas en su máximo momento de necesidad.

Estos actos -que por supuesto no solo han ocurrido en Ecuador- han llevado a que el 9 de diciembre, fecha en que se celebra el Día Internacional contra la Corrupción, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, se refiriera a la corrupción como la máxima traición a la confianza pública.

Aprovecharse de la pandemia de esta manera es criminal e inmoral. Pero quizá, como pocas veces, la cólera nos ha sacado de esa irresponsable tolerancia hacia la corrupción y, más precisamente, hacia los corruptos.

La corrupción es el virus que nos mantiene en el atraso y la pobreza. Que sea este el sacudón y la oportunidad para salir de los nocivos efectos de la anestesia del conformismo y que nuevamente podamos asombrarnos e indignarnos frente a la inmoralidad.

La lucha contra la corrupción comienza por tener una ciudadanía activa que se constituya en el primer fiscalizador de lo público.

Originally published at https://www.primicias.ec on December 12, 2020.

Cuencano. Profesor de Estudios Globales en @uazuay . Columnista en @primicias. Website: matiasabad.com

Cuencano. Profesor de Estudios Globales en @uazuay . Columnista en @primicias. Website: matiasabad.com